Velero a la mar

Siempre se ha dicho que hay que tener cuidado con los sueños porque a veces se cumplen. Hace unos años a mí se me cumplió uno de los míos, y en este caso fue una alegría inmensa.

Soñadora como siempre, esta vez me imaginaba surcando la mar en un velero, tranquila, sin prisas, divertida y contemplativa.

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Todo comenzó con una invitación por parte de un amigo, patrón de yates. El destino quiso que nos encontráramos en esta vida y que nos uniera la amistad. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida por darme la oportunidad de cumplir exactamente lo que durante tanto tiempo fantaseé que pudiera ocurrir.

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Así que cuando quise darme cuenta ya estábamos haciendo acopio de víveres para recorrer durante 8 largos días algunas de las Islas Baleares: Mallorca, Formentera e Ibiza.

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El velero, un PataPalo – Bavaria 36, contaba con 3 camarotes dobles, cocina en la sala de estar y un aseo. Estaba esperando nuestra llegada en el puerto de Dénia, allí, en la mar; limpio, blanco y con las velas preparadas para ser desplegadas a la primera racha de viento.

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El patrón había decidido que navegaríamos de noche para ir acostumbrándonos,  casi sin darnos cuenta, al vaivén de las olas mientras dormíamos. Con el nerviosismo del momento tardamos bastante en acostarnos. Mientras tanto, y para ir empezando a afianzar una amistad entre los que conformábamos el viaje, decidimos preparar la primera cena para ir rompiendo el hielo. Y desde esa noche ya supimos que iba a ser un viaje inolvidable.

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Despertamos en medio del mar mientras asomaba el sol por el horizonte, y sabiendo que este privilegio lo tendríamos durante el resto de la travesía.

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No llevábamos rumbo fijo por lo que cada vez que preguntábamos adónde nos dirigíamos el patrón nos respondía: “¡Hacia donde el viento nos lleve!”.

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Velero a la mar - Objetivo Destino

Y así fue durante todo el tiempo que nos meció el mar Mediterráneo. Durante el crucero pudimos fondear en diferentes lugares, algunos más solitarios que otros. Solo llegamos a bajar a puerto en una lancha neumática en 3 ocasiones: una para repostar combustible,  reponer agua para los depósitos y comprar provisiones que ya nos escaseaban; otra en la que visitamos una calita donde pudimos embadurnarnos con unos barros marinos que nos dejaron la piel hidratada debido a la cantidad de sales minerales que contenían, mientras que su efecto calórico iba relajando hasta el último músculo de nuestro cuerpo; y otra en la que llegamos a una cala donde había un restaurante espectacular en el que cenamos deliciosamente bien.

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Al regreso tuvimos la gran suerte de ser acompañados por un grupo de delfines durante un largo trayecto, dándonos tiempo a recrearnos en sus espectaculares acrobacias.

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Mis recuerdos de aquel momento me llevan por un mundo de mil sensaciones, el olor a mar, la contemplación de los albores y crepúsculos, la caricia de la brisa marina, el color del agua “verde Formentera” –así lo bautizamos–, el sabor de cualquier alimento compartido entre amigos, la sensación de la soledad en la inmensidad del mar, el bamboleo que conforme pasaba el tiempo íbamos dejando de percibir,el calor del sol, el salitre que se pegaba a cada poro de nuestra piel, la dulce sensación de aquellos barros marinos sobre el cuerpo…

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Durante días el “mal de tierra” me siguió allá donde iba. Debido a él iba dando bandazos por los estrechos pasillos de casa teniendo la sensación de seguir en el velero. Por una parte era una percepción extraña y molesta, y por otra me hacía rememorar constantemente el maravilloso crucero que había realizado, y así me sentía continuar en él…

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8 pensamientos en “Velero a la mar

  1. Madre de deu….me he quedado con mas ganas de seguir leyendoooooo!!! que momentos, nunca, jamas….olvidaré ese maravilloso viaje que pudimos realizar, Mañana te llamo corason. Muy bueno !!!

  2. Tiene gracia eso del “mal de tierra”. Yo sólo he ido en velero un fin de semana, y recuerdo haber estado al menos 2 días más dando bandazos cuando caminaba por tierra firme. Extraña sensación que no es desagradable, sino que te recuerda los mejores momentos de la travesía.

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